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He tenido un affaire

 

Hace un par de semanas estuve con mis amigas haciendo la tradicional escapada de chicas de cada verano. Mi pareja también tiene la suya y cada otoño viaja a algún lugar con sus amigos. El caso es que este año ha sido un poco diferente. Este año he tenido un affaire.

Durante años, los días previos a mi marcha, no sólo mi pareja sino mis compañeros y compañeras de trabajo, vecinos, amigos y demás personas que componen mi vida social, sueltan frases como: ¡Qué peligro! ¿Cuántas sois? ¿Las demás tienen pareja? Y un largo etcétera de preguntas y comentarios que apuntan a las posibles conquistas que pueden tener lugar en este tipo de vacaciones.

Lo cierto es que nunca pasa nada. De hecho, normalmente casi ni salimos de marcha. Llegamos tan cansadas a las vacaciones que, poniendo en una balanza salir o descansar, lo tenemos más que claro. Este año no ha sido una excepción. No es que hayamos salido, es que, ya en el avión, quien se sentó a mi lado iba a la misma zona que nosotras. Era un tío encantador. Hubo risas e intercambio de recomendaciones. Conectamos en seguida. Ahí quedó la cosa, no nos dimos teléfonos ni nada por el estilo.

Sin embargo, la tercera tarde, cuando ya nos habíamos mimetizado con el paisaje y nos habíamos relajado a todos los niveles (mínimamente vestidas, con pinta de señoras que bajan al mercado en zapatillas de estar en casa, cuando la felicidad ya hace el trabajo por ti), nos encontramos con el susodicho en uno de los pueblos que visitábamos. Venía en piragua junto a un amigo que reside en la isla (estábamos en una isla sí, creo que no lo había mencionado) y se acercó a saludar.

Tanto él como su amigo eran muy simpáticos. Una hora más tarde seguíamos hablando de modo que nos invitaron a unirnos a ellos esa noche y continuar con la animada conversación.

Una cosa llevó a la otra y de la manera más natural y menos planeada, acabamos dándonos varios besos tras pasear durante horas y que me acompañara a casa. Al día siguiente sólo quería volver a verle. Aunque estaba muy confusa. No sabía si aquello era sólo una atracción sexual muy fuerte o podría destrozar mi relación de pareja. Pensara lo que pensara, había algo más fuerte que yo que me arrastraba hacia él.

Dos días después, la última noche del viaje, di rienda suelta a mis deseos. Me fui antes del amanecer, porque mi vuelo era muy temprano, así que ni me despedí.

En el avión cerré el capítulo. Volví a mi casa y a la rutina. No sé si quiero verle de nuevo y comprobar si, lejos de aquella isla, en el contexto del día a día, la chispa continua indeleble. O si por el contrario, quiero recordarlo como un sueño, algo que pasó y que me despierta una sonrisa cuando viene a mi recuerdo.

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Hace unos días visité el Mercat dels Encants, en Barcelona. Una especie de rastro barceloní en el que se pueden encontrar grandes reliquias del pasado. En este tipo de lugares es habitual encontrar trocitos de la vida íntima de muchas personas que murieron y cuyos recuerdos quedaron colocados en sus hogares, ajenos al acontecimiento, protagonistas de su propio momento.

Fue entre fotografías en blanco y negro donde vi destacar una nota con las dimensiones de una postal pero que definitivamente era mucho más que eso. Era una misiva en la que un enamorado Pedro Magem escribía a su amor desde la distancia de Palma de Mallorca, enorme brecha física en 1943, a su Ana Payró de Barcelona. Un 16 de abril, Pedro escribía a Ana reclamando sus palabras en el correo del domingo. “Saluda a tus familiares y amigos y recibe un fuerte abrazo y muchos besos de tu novio, que mucho te quiere”. Así se despedía un desesperado Pedro, que no tenía información a la que aferrarse desde su exilio quizá realizando un servicio militar que entonces duraba dos años. Una nota que junto con las cartas que Frida Kalho envió a su amado Jose Bartolí y que se han hecho públicas recientemente, me han hecho reflexionar acerca del valor de esas dos y en ocasiones tres palabras.

Se debe poner un nombre. A todo. Eso pienso muchas veces. Las etiquetas, los adjetivos, los nombres ayudan en la mayoría de los casos pero en ocasiones delimitan algo tan inmenso que quizá sería mejor no denominar, para no encerrarlo, dejar que ‘aquello’ sea libre. Pero el caso es que no saber cómo expresar algunas sensaciones genera frustraciones. Es importante contar al resto qué le pasa a uno, lo malo pero también lo bueno. Hay cosas que no son tangibles, que no pueden explicarse y que, precisamente por ello, la convención social creada para definirlo se torna inmensa.

Nos los pensamos, apuntamos el día que lo dijimos, esperamos que lo diga el otro. Nos reprimimos durante semanas, días…Queremos proclamarlo a los cuatro vientos y, en cambio, no lo hacemos. Pero la cosa es que queremos gritar las preciadas palabras. La propia contención las convierte en letras que uno bebería en el más arduo desierto. De hecho, cuando verbalizamos las emociones, éstas parecen tomar forma. Hacerse independientes, ser algo que ha alcanzado la mayoría de edad y cuyos derroteros ya no sólo dependen de nosotros. Y eso nos da miedo, ese sentimiento que junto a los nervios suele venir para estropearlo todo. Somos cobardes y, en lugar de pensar en lo bueno que está pasando, pensamos en lo malo que podría venir.

El caso es que yo no me libro de este mal de altura y, mientras escribo este post, dudo aun si decirlo o no… Pero qué demonios:

TE QUIERO.

 

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