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Monocle Barcelona Guide

 

Pájaros en la cabeza
 

Desperté cuando los primeros rayos del sol se colaban en mi nuevo hogar. Hacía dos días que había llegado a Barcelona, donde pensaba pasar al menos un año. Doce meses sabáticos después de abandonar mi estresante vida en Londres. Me encontraba en pleno barrio de El Born, en una angosta calle como aquellas a las que había viajado a través de los libros de Ruiz Zafón. Pasajes cuyos adoquines hablan de secretos, con pequeñas tiendas de especias al peso y locales clandestinos. No podía creer que yo estuviera viviendo allí, así que salí a la calle impaciente por desvelar los nuevos y los viejos misterios de mi recién estrenada ciudad.

Paseaba con mi cámara fotográfica a punto para disparar, cuando un sonido inesperado me produjo una fuerte exaltación. Nunca había oído nada igual. Se trataba de un estruendoso canto emitido por una manada de aves que no cesaban en su diálogo, las unas con las otras, sin respetar el silencio de una ciudad que aun se estaba despertando.

Instintivamente eché a andar tras ellas, quizá para entender qué es lo que decían, de dónde habían salido y a dónde se dirigían. Caminaba mirando hacia arriba sin reparar en el tráfico cuando por poco me atropella un taxi al cruzar por el Paseo Picasso. “Parezco un desequilibrado”, pensé. “Bah, aquí aun no me conoce nadie”, me dije. Siempre me habían atraído los pájaros, quizá porque simbolizaban la libertad que yo estaba buscando. Hasta entonces, había hecho todo lo que se esperaba de mi: había estudiado empresariales, había encontrado un buen trabajo y me había casado con una mujer que en realidad no merecía. Todo iba bien hasta que mi necesidad de evasión, aquella que había reprimido durante tanto tiempo, había explotado y me había ‘obligado’ a tomarme un descanso.

Por fin los pájaros pararon su vuelo. Habían llegado a lo que parecía una especie de invernadero. Una maravilla abandonada en pleno parque de la Ciutadella llena de trastos y de polvo, con plantas entrando y saliendo a través de los cristales rotos. Un anciano me vio tan desconcertado que se aproximó a mi: “Se encuentra bien, joven?”. “Sí, no se preocupe”, dije sin apartar la mirada del invernadero. “Son muchas, verdad?”, continuó. Y seguidamente, como si hubiera leído mi mente, el hombre comenzó a hablarme de las aves. Según me dijo, la cotorra argentina era una especie que copaba las palmeras y tejados de la ciudad de Barcelona. El censo había contado más de 5.000 ejemplares con alrededor de 1.500 nidos repartidos por toda la urbe. El viejo recordaba perfectamente cómo éstas se habían ido instalando en la ciudad desde el descubrimiento del primer nido en 1975. “Se desconoce la razón por la que todas estas especies acabaron estableciéndose aquí”, señaló. “Según los expertos quizá se trata de mascotas que fueron liberadas, o puede que llegasen al puerto y, atraídas por el clima y la variedad exótica de los parques urbanos, decidieran quedarse”.

Sobre el techo de aquella onírica construcción de estilo colonial había decenas de cotorras. Cogí mi cámara y comencé a fotografiarlas. Sus plumajes y picos eran diversos y extraordinariamente bellos. Verdes, amarillos, azules…la gama de colores era interminable. Volví a casa con aquella imagen en mi mente. No podía pensar en otra cosa. Esas aves tenían algo que me atraía. Después de darle muchas vueltas, recordé lo que siempre decía mi madre: “Tienes tantos pájaros en la cabeza que un día echarás a volar”. Quizá esas aves fuesen una señal que debía interpretar. Busqué información en la red. La cotorra argentina no era la única variedad que había convertido Barcelona en su hogar, aunque sí era la más numerosa. Seis especies más la habían llevado a ser la ciudad con la mayor diversidad ornitológica de Europa. Aunque menos habituales, se habían registrado cinco ejemplares de cotorras más: la cotorra Naday, la cotorra Kramer, la cotorra de Cabeza Azul, la cotorra Mitrada y la cotorra de Máscara Roja, a las que se sumó el Lorito de Senegal. Todas estas variedades convivían –y aún hoy conviven- en armonía alimentándose de dátiles, frutos de almez, cortezas de eucalipto y bayas de ciprés.

Un año después de mi llegada, visité de nuevo el invernadero. Estaba confuso: ¿Debía finalizar mi estancia y retomar mi vida en Londres? Ya se había cumplido mi año sabático y tenía que tomar una decisión. El número de aves se había duplicado. Si seguía su ejemplo, deduje entonces, Barcelona no era un mal lugar para establecer mi propio nido. De repente, me di cuenta de que no quería renunciar a las alas que esta ciudad me había dado. Era feliz como hacía tiempo no recordaba, así que opté por alzar el vuelo de nuevo. No volví a Londres. Dejé definitivamente un trabajo que no me gustaba y a una mujer que merecía a alguien que la amase tanto como ella me había amado a mi. Cada año visito el invernadero. Me siento durante largo rato y observo a las cotorras mientras recuerdo cómo ellas me enseñaron que para volar no es necesario tener alas.


 

La adaptación de este texto en inglés será publicado en la guía que Monocle está preparando sobre la ciudad de Barcelona.

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